
DESENMASCARANDO AL CODIGO DA VINCI.
No se puede creer en todo lo que se ve. En estos días me he visto la muy renombrada “el código Da Vinci”, por aquello de tratar de entender lo que supuestamente hacia de ella una gran “polémica”.
Sin embargo, tratando de ser objetivo en todo, no he podido encontrar ningún merito para llegar a darle semejante calificativo.
Quiero en este primera parte por así llamarla, dar una luz en cuanto a la pintura, la cual ha sido injustamente utilizada, dejando la expresión del artista ante el hecho de la última cena muy por debajo de lo que el ha querido mostrarle al mundo.
La fuerza sicológica de un instante
La pérdida más trágica que dejó el paso de los siglos, según algunos expertos, fue la desaparición de la sutileza y la variedad expresiva de los rostros, donde radica el alma de la obra.
Recordemos que las posturas, los gestos y la composición monopolizan la atención del espectador, enfatizando el mensaje final de su creador: el instante sicológico cuando Jesucristo anuncia a sus discípulos que uno de ellos lo traicionará.
De inmediato, todos reaccionan con horror y asombro. La maestría de Da Vinci inmortaliza los movimientos de las manos y los gestos de la mayoría de los apóstoles, que están dispuestas de tal forma que se extienden a lo largo de una línea de fuerza invisible que confluye en la figura serena y autoritaria de Jesús -figura dominante- algo distanciada de los demás, en el centro de la composición.
Incluso la perspectiva refuerza esta impresión. La cabeza de Jesús está situada en el punto de fuga, es decir, el lugar a donde llegan las líneas paralelas que se alejan en el espacio del cuadro (por ejemplo las líneas de las paredes) que desaparecen en el horizonte.
El drama humano anuncia el drama solitario del sacrificio divino y finalmente queda envuelto en él.
'Uno de vosotros me va a traicionar'
Leonardo siempre acostumbraba a llevar consigo un cuaderno donde realizaba bocetos de todas las impresiones y personajes que le parecían más apropiados para representar a Jesús y sus apóstoles. Gran parte de su precioso material lo obtuvo de los asistentes a las numerosas recepciones y paseos a los que asistía.
"Uno de vosotros me va a traicionar", dijo Jesús. El apóstol Felipe, muy entristecido, empezó a replicarle: "¿Seré yo Señor?". El resto se miraban, unos a otros, sin saber de quién se trataba.
Con esta concepción novedosa para la historia del arte, cada gesto, cada expresión, cada figura y cada grupo ganan en significación e importancia.
Las palabras de Cristo han sonado: "uno de vosotros me entregará". Los apóstoles se asustan bajo la impresión de lo dicho. Hay consternación en los discípulos. Solo Jesús mantiene la serenidad y la calma, como se aprecia en la obra.
Los detalles de las manos de los apóstoles y de Jesús en 'La Última Cena' enseñan que los gestos y los movimientos son particularmente expresivos del estado mental de cada individuo y de la reacción emocional. La posición de las manos sirve como elemento de la composición ligando a cada grupo de tres apóstoles. De allí, el intento del artista de no situarlos solos o en parejas -uno junto a otro- sino de ordenarlos en grupos relacionados y ricos de expresión.
Como las manos, pero de una manera más discreta, las cabezas de los apóstoles son todas obras maestras de una investigación psicológica y fisonómica. Los detalles reproducidos en el agrupar tradicional por tres demuestran claramente el modo de la composición de 'La Última Cena', que parece presentarse, de manera casi natural, a través de los gestos y de los movimientos impetuosos que originaron las palabras de Cristo.
Lo que sí es cierto es que el artista italiano nunca utilizó ningún código para representar a María Magdalena en su obra ni le da importancia al Santo Grial. Tan es así que se trata de las pocas Última Cena donde no se aprecia este elemento sagrado. Pero sí deja, en cambio, pruebas -en sus cuadernos personales- de los bocetos donde se aprecia su joven y amado discípulo, quien representa la figura de Juan y Felipe.
