miércoles, junio 21, 2006



DESENMASCARANDO AL CODIGO DA VINCI.

No se puede creer en todo lo que se ve. En estos días me he visto la muy renombrada “el código Da Vinci”, por aquello de tratar de entender lo que supuestamente hacia de ella una gran “polémica”.
Sin embargo, tratando de ser objetivo en todo, no he podido encontrar ningún merito para llegar a darle semejante calificativo.
Quiero en este primera parte por así llamarla, dar una luz en cuanto a la pintura, la cual ha sido injustamente utilizada, dejando la expresión del artista ante el hecho de la última cena muy por debajo de lo que el ha querido mostrarle al mundo.

La fuerza sicológica de un instante

La pérdida más trágica que dejó el paso de los siglos, según algunos expertos, fue la desaparición de la sutileza y la variedad expresiva de los rostros, donde radica el alma de la obra.

Recordemos que las posturas, los gestos y la composición monopolizan la atención del espectador, enfatizando el mensaje final de su creador: el instante sicológico cuando Jesucristo anuncia a sus discípulos que uno de ellos lo traicionará.

De inmediato, todos reaccionan con horror y asombro. La maestría de Da Vinci inmortaliza los movimientos de las manos y los gestos de la mayoría de los apóstoles, que están dispuestas de tal forma que se extienden a lo largo de una línea de fuerza invisible que confluye en la figura serena y autoritaria de Jesús -figura dominante- algo distanciada de los demás, en el centro de la composición.

Incluso la perspectiva refuerza esta impresión. La cabeza de Jesús está situada en el punto de fuga, es decir, el lugar a donde llegan las líneas paralelas que se alejan en el espacio del cuadro (por ejemplo las líneas de las paredes) que desaparecen en el horizonte.

El drama humano anuncia el drama solitario del sacrificio divino y finalmente queda envuelto en él.

'Uno de vosotros me va a traicionar'

Leonardo siempre acostumbraba a llevar consigo un cuaderno donde realizaba bocetos de todas las impresiones y personajes que le parecían más apropiados para representar a Jesús y sus apóstoles. Gran parte de su precioso material lo obtuvo de los asistentes a las numerosas recepciones y paseos a los que asistía.

"Uno de vosotros me va a traicionar", dijo Jesús. El apóstol Felipe, muy entristecido, empezó a replicarle: "¿Seré yo Señor?". El resto se miraban, unos a otros, sin saber de quién se trataba.

Con esta concepción novedosa para la historia del arte, cada gesto, cada expresión, cada figura y cada grupo ganan en significación e importancia.

Las palabras de Cristo han sonado: "uno de vosotros me entregará". Los apóstoles se asustan bajo la impresión de lo dicho. Hay consternación en los discípulos. Solo Jesús mantiene la serenidad y la calma, como se aprecia en la obra.

Los detalles de las manos de los apóstoles y de Jesús en 'La Última Cena' enseñan que los gestos y los movimientos son particularmente expresivos del estado mental de cada individuo y de la reacción emocional. La posición de las manos sirve como elemento de la composición ligando a cada grupo de tres apóstoles. De allí, el intento del artista de no situarlos solos o en parejas -uno junto a otro- sino de ordenarlos en grupos relacionados y ricos de expresión.

Como las manos, pero de una manera más discreta, las cabezas de los apóstoles son todas obras maestras de una investigación psicológica y fisonómica. Los detalles reproducidos en el agrupar tradicional por tres demuestran claramente el modo de la composición de 'La Última Cena', que parece presentarse, de manera casi natural, a través de los gestos y de los movimientos impetuosos que originaron las palabras de Cristo.

Lo que sí es cierto es que el artista italiano nunca utilizó ningún código para representar a María Magdalena en su obra ni le da importancia al Santo Grial. Tan es así que se trata de las pocas Última Cena donde no se aprecia este elemento sagrado. Pero sí deja, en cambio, pruebas -en sus cuadernos personales- de los bocetos donde se aprecia su joven y amado discípulo, quien representa la figura de Juan y Felipe.

jueves, junio 01, 2006



Mi delirio sobre el chimborazo


Yo venía envuelto en el manto de Iris, desde donde paga su tributo el caudaloso Orinoco al Dios de las aguas. Había visitado las encantadas fuentes amazónicas, y quise subir al atalaya del Universo. Busqué las huellas de La Condamine y de Humboldt seguílas audaz, nada me detuvo; llegué a la región glacial, el éter sofocaba mi aliento. Ninguna planta humana había hollado la corona diamantina que pusieron las manos de la Eternidad sobre las sienes excelsas del dominador del los Andes. Yo me dije: este manto de Iris que me ha servido de estandarte, ha recorrido en mis manos sobre regiones infernales, ha surcado los ríos y los mares, ha subido sobre los hombros gigantescos de los Andes; la tierra se ha allanado a los pies de Colombia, y el tiempo no ha podido detener la marcha de la libertad. Belona ha sido humillada por el resplandor de Iris, ¿y no podré yo trepar sobre los cabellos canosos del gigante de la tierra? Sí podré! Y arrebatado por la violencia de un espíritu desconocido para mí, que me parecía divino, dejé atrás las huellas de Humboldt, empañando los cristales eternos que circuyen el Chimborazo. Llego como impulsado por el genio que me animaba, y desfallezco al tocar con mi cabeza la copa del firmamento: tenía a mis pies los umbrales del abismo.

Un delirio febril embarga mi mente; me siento como encendido por un fuego extraño y superior. Era el Dios de Colombia que me poseía.

De repente se me presenta el Tiempo bajo el semblante venerable de un viejo cargado con los despojos de las edades: ceñudo, inclinado, calvo, rizada la tez, una hoz en la mano…

«Yo soy el padre de los siglos, soy el arcano de la fama y del secreto, mi madre fue la Eternidad; los límites de mi imperio los señala el Infinito; no hay sepulcro para mí, porque soy más poderoso que la Muerte; miro lo pasado, miro lo futuro, y por mis manos pasa lo presente. ¿Por qué te envaneces, niño o viejo, hombre o héroe? ¿Crees que es algo tu Universo? ¿Que levantaros sobre un átomo de la creación, es elevaros? ¿Pensáis que los instantes que llamáis siglos pueden servir de medida a mis arcanos? ¿Imagináis que habéis visto la Santa Verdad? ¿Suponéis locamente que vuestras acciones tienen algún precio a mis ojos? Todo es menos que un punto a la presencia del Infinito que es mi hermano».

Sobrecogido de un terror sagrado, «¿cómo, ¡oh Tiempo! —respondí— no ha de desvanecerse el mísero mortal que ha subido tan alto? He pasado a todos los hombres en fortuna, porque me he elevado sobre la cabeza de todos. Yo domino la tierra con mis plantas; llego al Eterno con mis manos; siento las prisiones infernales bullir bajo mis pasos; estoy mirando junto a mí rutilantes astros, los soles infinitos; mido sin asombro el espacio que encierra la materia, y en tu rostro leo la Historia de lo pasado y los pensamientos del Destino».

«Observa —me dijo—, aprende, conserva en tu mente lo que has visto, dibuja a los ojos de tus semejantes el cuadro del Universo físico, del Universo moral; no escondas los secretos que el cielo te ha revelado: di la verdad a los hombres».

La fantasma desapareció.

Absorto, yerto, por decirlo así, quedé exánime largo tiempo, tendido sobre aquel inmenso diamante que me servía de lecho. En fin, la tremenda voz de Colombia me grita; resucito, me incorporo, abro con mis propias manos los pesados párpados: vuelvo a ser hombre, y escribo mi delirio.